Con el inicio de la Cuaresma, se abre ante nosotros/as un tiempo especial, un tiempo que invita a mirar hacia dentro y a recuperar lo esencial. Es un periodo de reencuentro personal, de silencio y de pausa consciente en medio del ritmo acelerado del día a día. La Cuaresma nos propone un camino distinto del que a menudo marca la sociedad actual, que potencia las prisas, el ruido constante, la necesidad de estar siempre ocupados/as y la relación continua con los/as demás como una forma, a veces inconsciente, de evitar encontrarnos con nosotros/as mismos/as.
Este tiempo litúrgico nos evoca la experiencia del desierto, tal como hizo Jesús: un espacio aparentemente vacío, pero lleno de significado, donde el silencio se convierte en oportunidad. El desierto simboliza ese lugar interior en el que podemos escucharnos, reconocer nuestras fragilidades, ordenar los pensamientos y redescubrir qué es realmente importante. No es un tiempo de tristeza ni de aislamiento, sino una invitación a crecer desde la sencillez, a desprendernos de lo que nos sobra para dejar espacio a aquello que nos ayuda a ser mejores personas.
En el contexto de Mater, la Cuaresma se convierte también en una ocasión privilegiada para educar la mirada y el corazón en todos los ámbitos de nuestra comunidad. Detenernos, aunque sea por momentos breves, nos ayuda a tomar conciencia de lo que vivimos, de lo que sentimos y de cómo nos relacionamos con los/las demás: con las personas a las que acompañamos, con las familias, con los equipos profesionales y con todas las personas que formamos parte del proyecto. El silencio nos enseña a escuchar, y la escucha abre la puerta a la comprensión, al respeto y a la solidaridad. En un mundo que a menudo nos empuja a responder con rapidez y a pasar de largo, este tiempo nos invita a caminar con más calma y profundidad.



La Cuaresma nos recuerda que el cambio auténtico comienza dentro de cada uno/a. Solo cuando nos mirarnos con sinceridad podemos transformar lo que no funciona y potenciar lo mejor de nosotros/as mismos/as. En este sentido, conecta plenamente con el lema que nos acompaña este año: «Eres semilla de cambio, hazla crecer». Cada gesto de reflexión, cada espacio de silencio y cada decisión tomada con conciencia es una semilla que puede dar fruto.
Ojalá este tiempo nos anime a sembrar con paciencia: calma en medio del ruido, presencia frente a las prisas y autenticidad más allá de las apariencias. Hacer nuestro pequeño desierto para volver renovados/as, con una mirada más clara y un corazón más abierto, capaces de crecer y de ayudar a crecer a quienes tenemos a nuestro lado. Porque, al fin y al cabo, la Cuaresma es un camino de esperanza que nos recuerda que siempre es posible empezar de nuevo.